Hacia un “debilitamiento” de los desempleados de larga duración

Detrás del funcionamiento de los vasos comunicantes se esconde un riesgo de ruptura social. En su declaración de política general entregada el martes 30 de enero a la Asamblea Nacional, el Primer Ministro, Gabriel Attal, anunció la abolición del subsidio específico de solidaridad (ASS) y “su rockero” hacia la renta activa solidaria (RSA). Este escenario, planteado varias veces a lo largo de los últimos treinta y cinco años, había sido descartado hasta ahora porque podía penalizar a muchas personas en situaciones muy vulnerables. Ahora se está convirtiendo en una realidad, provocando una fuerte ira en la izquierda, entre los sindicatos y las asociaciones que luchan contra la exclusión.

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Creado en 1984, el ASS es un beneficio que se concede, bajo determinadas condiciones, a los solicitantes de empleo que han agotado sus derechos al seguro de desempleo. Para recibirlo es necesario disponer de recursos bajos, que no superen un umbral determinado (casi 1.272 euros al mes para una sola persona, el 1oh abril de 2023). El importe mensual del subsidio puede ascender a 552 euros. En uno de cada dos casos, el importe se abona a personas que llevan al menos cinco años buscando un puesto de trabajo. En su mayoría son personas mayores: el 58% de los beneficiarios tienen al menos cincuenta años. En agosto de 2023, se concedió a unas 261.000 mujeres y hombres (frente a unos 530.000 en 1996). Responsable de las finanzas, el Estado ha previsto un presupuesto de 1.650 millones de euros para el ejercicio 2024.

El martes, Attal justificó su decisión de poner fin al SSA argumentando que esta ayuda “permite, sin trabajar, convalidar trimestres de jubilación”. O, añadió el inquilino de Matignon, “la jubilación debe ser fruto del trabajo”. De ahí la decisión de cerrar el sistema destinado a los desempleados de muy larga duración. “Buscar un modelo social más eficiente y menos costoso no es una mala palabra sino un imperativo”, añadió. Su discurso obedece, por tanto, a consideraciones morales y al deseo de ahorrar dinero. También contiene la idea subyacente de que, al pasar al RSA, las poblaciones afectadas integrarán un sistema que acaba de ser reformado (establecimiento de quince a veinte horas de actividad semanal para los beneficiarios, apoyo reforzado con el objetivo de recuperar su presencia en el mercado mundo del trabajo, etc.).

“Ahorros” considerables

El problema es que las normas que rigen el ASS no son idénticas a las aplicables al RSA: las primeras resultan a menudo más favorables a los particulares que las segundas. Así, el límite de ingresos que no se debe superar para tener derecho a la ayuda es superior para el ASS que para el RSA, de modo que el número potencial de beneficiarios es mayor en el primer caso. Además, los recursos tenidos en cuenta y los métodos de cálculo pueden resultar más ventajosos para el SSA. Es decir, la desaparición de este beneficio podría resultar perjudicial para un determinado número de personas. Cuánto ? Cuando se le solicitó, el Ministerio de Trabajo, Salud y Solidaridad no ha proporcionado, por el momento, ningún dato.

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